Una cuestion de sentido comun
22/02/2010 ANTON Losada
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Sobre la anécdota de quién ganó el debate, lo más justo sería afirmar que
Zapatero no se dejó cuanto podía haber perdido y que
Rajoy no obtuvo lo que debería haber ganado. Sobre la cuestión de si ha servido para algo, tal vez su utilidad sea mayor de la concedida por muchos. Ambos llegaban abocados a escoger entre sus estrategias y el sentido común. El presidente del Gobierno iba defendiendo como podía su gestión mientras acusaba al
PP de guiarse por sus conveniencias electorales. El líder de la oposición nos machacaba con que el problema era Zapatero, y echarlo, la solución. Con semejante guión, el gobernante ha logrado sobrevivir al desgaste brutal de una crisis que abrasa cuanto toca. El aspirante ha conseguido que la opinión nacional se polarice alrededor de la condición problemática del inquilino de la Moncloa. Ambos comparten un éxito común: la descomunal sangría de confianza por parte de la ciudadanía. Competiéndole o no, el Rey puso voz a la exigencia mayoritaria de un cambio en esa política. Se requería aparcar tanto ruido y zurriagazo, para convertirla en un espacio de entendimiento y cooperación. Zapatero parece haber elegido el sentido común de atender la demanda de un país que sabe que solo se sale del túnel mirando hacia adelante. Optó por ir al encuentro y chuparse la cura de humildad prescrita con sensatez desde los grupos minoritarios y abrir el camino en la dirección mayoritaria de sumar esfuerzos. De él depende que ese viaje acabe bien. La recuperación de su credibilidad pasa necesariamente por cumplir lealmente sus compromisos y la continuidad de la recuperación económica. Entonces podrá acreditar que el problema no era él y que los populares pudieron ayudar al esfuerzo de todos pero prefirieron ayudarse a sí mismos.
Rajoy parece haber elegido la estrategia. Si decide hacer caso al sentido común, apostará por un pacto donde todo son ventajas. Si las cosas funcionan, su generosidad le reforzará como alternativa. Si no se enderezan, el problema será efectivamente el presidente. Pero si rechaza el acuerdo, necesitará que las cosas vayan mal, rematadamente mal. Y eso no depende de quien hace oposición, sino de quien gobierna.
*Profesor de Ciencias Políticas.LA VOZ DE ASTURIAS 22-2-10